Nora se encontraba en el despacho con paneles de caoba de la firma Hartley, con la fotografía colocada sobre el escritorio a modo de ofrenda de paz. No alzó la voz. No le hacía falta. Simplemente puso la anotación del libro mayor, el certificado de nacimiento y la fotografía ante el hombre que estaba detrás del escritorio.
El actual Hartley parecía más mayor de lo que era, con el peso de la historia de la firma grabado en las arrugas que le rodeaban los ojos. Se quedó mirando la fotografía, luego el libro de contabilidad, y su mirada se detuvo en el nombre «Eleanor Mary Holt». No se defendió. No intentó eludir el tema. Sin decir palabra, abrió el cajón y deslizó los documentos por el escritorio.
«Debería haber hecho esto hace ocho meses», susurró con la voz quebrada. Le entregó el testamento original y la nota que identificaba a la única descendiente viva de Eleanor: Ruth Ellison, de 74 años, de Bristol. Nora sintió una extraña sensación de coherencia. Las piezas del rompecabezas no solo encajaban; encajaban con la fuerza de una conclusión inevitable. Recogió los papeles, sintiendo el peso de un siglo de silencio que se rompía. Tenía un nombre. Tenía a una persona. Tenía la clave.