Un pequeño barco pesquero siguió a un enorme banco de peces hasta adentrarse en una espesa niebla. Cuando la niebla por fin se disipó, se dieron cuenta del grave error que habían cometido. 

El viejo barco pesquero de madera se estaba desmoronando, y los dos hombres a bordo lo sabían. Min-ho y su amigo de toda la vida, Jun, se encontraban atrapados en una espesa y cegadora niebla marina que envolvía por completo las aguas que los rodeaban. Para empeorar las cosas, una brutal sequía que duraba ya un mes había dejado a los dos amigos completamente sin un céntimo y desesperados.


De repente, un chasquidoseco resonó en el salpicadero, seguido del aterrador olor a plástico quemado. Unas volutas de humo gris salían de la caja de la radio. «¡Oh, no!», gritó Jun, lanzando frenéticamente un paño grueso sobre las chispas. «La sal marina se ha colado en los cables de la batería principal. La radio se ha derretido por completo. Está inservible, Min-ho». Min-ho golpeó con el puño el timón de madera. Sin radio, estaban completamente aislados del mundo, sin poder escuchar las previsiones meteorológicas ni las alertas de seguridad.


Jun miró hacia el vacío envuelto en niebla, con el rostro pálido. «Estamos navegando a ciegas en esta niebla gris. La radio ha dejado de funcionar y no vemos ni cinco pies delante de nosotros. Tenemos que dar la vuelta a este barco y regresar a tierra antes de meternos en un buen lío».