James llevaba más de dos horas caminando cuando el bosque que lo rodeaba cambió. Los sonidos habituales del gorjeo de los pájaros y el susurro de las hojas cesaron de repente, sumiendo el bosque en un silencio extraño y opresivo. James se detuvo para ajustarse la mochila. Se encontraba a millas del pueblo más cercano, en lo más profundo de una reserva natural que pocas personas visitaban. La repentina ausencia de vida silvestre le pareció una advertencia tácita, que le erizó el vello de los brazos.
Decidido a sacudirse esa sensación de inquietud, James se abrió paso a través de una densa matorral de zarzas crecidas. Fue entonces cuando divisó algo que desentonaba por completo entre los árboles. En un pequeño claro se alzaba una estructura geométrica y angulosa, construida con piedra gris y lisa.
No parecía una vieja cabaña abandonada ni un yacimiento histórico en ruinas. Los bloques de piedra estaban impecables y el mortero que los unía parecía recién aplicado, como si la obra se hubiera terminado hacía solo unos años. James dio unos pasos hacia delante, dejando que su curiosidad se impusiera a su cautela. El edificio estaba completamente oculto a cualquier sendero principal, prácticamente engullido por el dosel de los árboles que lo rodeaba. Pero cuando James entró en el claro para verlo mejor, se dio cuenta de que la estructura era mucho más extraña de lo que había pensado en un principio…