Nora completó el resto a partir del relato de Hartley. Hartley había dudado y advertido a Peel sobre la reclamación de Eleanor; Peel la rechazó con vehemencia. Al igual que sus predecesores, desestimó la reclamación como un fantasma sin fundamento, ordenando a la firma que ocultara el testamento y procediera con la transferencia.
Cuando Hartley se opuso —señalando que el testamento era un documento legal fundamental—, Peel había recurrido al arma más antigua del arsenal jurídico: la amenaza de la ruina financiera. Le había recordado a Hartley exactamente quién firmaba sus cheques. La transacción se había llevado a cabo a la fuerza, pero Hartley no había destruido las pruebas como quería Peel.
En un momento de rebelión silenciosa, había encontrado y escondido el testamento original en el cajón privado de su escritorio. También había escrito una nota a mano —una referencia a una carta sellada que Frances Calloway había depositado en su día en la sucesión, en la que se nombraba a los descendientes de Eleanor—. Había guardado bajo llave ambas cosas. Se dijo a sí mismo que solo se trataba de un «archivo por precaución», pero cuando Nora leyó sus notas frenéticas y garabateadas en los márgenes, vio la verdad. Ya no se trataba de la ley. Se trataba de la culpa. Hartley había estado esperando a que alguien encontrara lo que él estaba demasiado aterrorizado para revelar.