Al chocar contra algo que había bajo tierra, su excavadora de 40 toneladas se movió; lo que había congelado en su interior dejó a todo el mundo sin palabras.

Era una tarde de martes cualquiera en las obras de ampliación de la carretera del kilómetro 14. Dave, un operador de maquinaria pesada con quince años de experiencia, aceleró el motor de su excavadora de 40 toneladas. Su tarea era sencilla: retirar un saliente rebelde de tierra y roca de un antiguo y escarpado acantilado de pizarra antes de que llegara la tormenta de la tarde.


Dirigió la enorme cuchara de acero hacia una roca oscura y cubierta de musgo que sobresalía de la pared del acantilado. Parecía totalmente anodina: más o menos del tamaño de una mesa de cocina. Dave enganchó los dientes de la cuchara bajo la roca y tiró hacia atrás de las palancas hidráulicas, esperando que la roca se desprendiera del barro. En cambio, la montaña se resistió.


El motor de la excavadora rugió en señal de protesta mientras la presión hidráulica se disparaba. En una fracción de segundo, las leyes de la física se torcieron. En lugar de que se moviera la roca, la parte trasera de la enorme máquina se despegó violentamente del suelo. Las pesadas orugas de acero se elevaron cuatro pies en el aire —una inclinación aterradora, con el peso concentrado en la parte delantera, que estuvo a punto de hacer que la excavadora volcara por el barranco—. Dave empujó los mandos hacia delante con fuerza, haciendo que la máquina volviera a caer con un estruendo ensordecedor.