Al rebuscar entre los registros parroquiales y los fragmentarios registros de empleo de la finca de los Calloway, la historia fue cobrando forma poco a poco. La niña más joven era Eleanor Mary Holt, nacida en 1889. Su madre, Clara, había sido costurera de los Calloway, una mujer que había vivido al margen de sus vidas grandiosas. Clara había fallecido apenas un año después del nacimiento de Eleanor, dejando a la niña completamente desamparada.
Pero Eleanor no había sido enviada a un orfanato. Había sido acogida en la casa de los Calloway, oculta a plena vista. Los registros parroquiales no decían nada, pero algunos documentos legales sugerían la verdad: Edward Calloway, el patriarca, era su padre. Darse cuenta de ello golpeó a Nora con la fuerza de un puñetazo.
Edward no había abandonado a su hija ilegítima; la había acogido en su hogar, un secreto viviente escondido tras las cortinas de terciopelo de la alta sociedad. Le dio un techo bajo el que vivir, pero no pudo darle su apellido. La había obligado a llevar esa vida de anonimato, protegiéndola de un escándalo que habría destruido su reputación —y tal vez, en aquella época, habría condenado a su hija a vivir en la calle—. El retrato era su forma de reconocerla sin pronunciar jamás su nombre en voz alta.