El sueño se le había resistido, interrumpido por sueños de ojos de cristal y encajes. Al amanecer, Nora ya estaba de vuelta en su escritorio, con la pantalla del ordenador llena de comparaciones en paralelo entre la imagen y ejemplos históricos conocidos de fotografía conmemorativa victoriana. La joven cumplía casi todos los requisitos: la quietud antinatural, los ojos muy abiertos y fijos, la forma en que la ropa estaba colocada para ocultar los soportes.
Nora comenzó a redactar la entrada del catálogo, con los dedos volando sobre las teclas. «El sujeto parece ser un encargo post mortem…». Se detuvo, con el cursor parpadeando rítmicamente sobre la pantalla blanca.
Algo le rondaba por la cabeza. Amplió la imagen del rostro de la chica mayor. No era el retrato de luto que esperaba. No había dolor, ni solemnidad, ni siquiera la melancolía ensayada que se exige en este tipo de retratos. En su lugar, había un destello de impaciencia leve y comprensible: un fruncimiento de ceño, el ligero desplazamiento de una cadera que soportaba el peso del cuerpo. Era la expresión clara y humana de una niña que deseaba que el fotógrafo se diera prisa de una vez para poder irse a jugar. Aquel no era el rostro de una hermana junto al cadáver de un ser querido. Nora se inclinó hacia delante, frunciendo el ceño. Si la niña estaba viva, ¿por qué parecía tan muerta?