La carta a Ruth Ellison fue lo más difícil que Nora había escrito jamás. Tuvo que encontrar un equilibrio entre el distanciamiento profesional y la necesidad desesperada de llegar a una desconocida a través del tiempo. Escribió con sencillez, mencionando que era archivista e investigaba una fotografía victoriana y que creía que en ella aparecía un miembro de la familia de Ruth.
Esperó dos días en un estado de parálisis, con el teléfono en silencio. Cuando por fin sonó, contuvo la respiración. «Conozco esa fotografía», dijo la voz al otro lado. Era firme, aunque con un ligero temblor. «Mi madre tenía una copia. Decía que era la única prueba de que su abuela había existido alguna vez».
A Nora se le oprimió el pecho. No hubo vacilación, ni confusión. Ruth había estado esperando esto toda su vida, quizá incluso antes de saber qué era lo que estaba esperando. Hablaron durante una hora, y la distancia entre Londres y Bristol se acortaba con cada detalle que compartían. Ruth no preguntó por el dinero ni por reclamaciones legales; preguntó por Eleanor. Quería saber si su abuela había sido querida. Nora sabía que la respuesta era complicada, pero, mientras escuchaba, supo que tenía que averiguarlo.