El alivio duró unas tres semanas. Entonces volvió la cojera, peor que antes, y Copper empezó a perder el interés por la comida. Seguía comiendo, pero despacio, y solo si ella se sentaba con él. Dormía más. Dejó de salir a recibirla a la puerta. Se dijo a sí misma que los esteroides a veces tenían efectos secundarios, que su cuerpo se estaba adaptando. Llamó a la clínica y dejó un mensaje. Le devolvieron la llamada dos días después y le pidieron que completara el tratamiento.
Fue su compañera Priya quien la animó a dar el paso. Habían estado hablando de Copper durante una pausa para comer —Rachel mencionó que las cosas no mejoraban como había esperado— y Priya le dijo sin rodeos que debería pedir una segunda opinión. Rachel dijo que confiaba en su veterinario. Priya respondió que estaba bien, pero que aun así debería buscar una segunda opinión.
Rachel concertó la cita, en parte para acallar la duda y en parte para demostrarse a sí misma que el Dr. Harmon tenía razón. La nueva veterinaria, la Dra. Singh, trabajaba en una clínica a treinta minutos de distancia. Era minuciosa y callada, y le pidió a Rachel que le explicara todo el historial. La doctora le hizo nuevas radiografías y las examinó durante un buen rato. Cuando volvió a la sala, se sentó antes de hablar, y Rachel supo de inmediato que algo iba mal.