Milo intentó ponerse en pie. Sus miembros no respondían como él esperaba. La caída le había dejado sin aire, con el cuerpo lento e inestable. No sentía el suelo debajo de él. Demasiado áspero. Demasiado abierto. Demasiado expuesto. Se apretó contra el árbol y sus pequeñas manos se aferraron a la corteza mientras su pecho se elevaba en ráfagas agudas y desiguales.
Aquí todo olía diferente. Pesado. Depredador. Luego un sonido. Bajo. Profundo. Cercano. Milo se congeló. Al otro lado del recinto, la leona se movía sin prisa. Sus pasos eran lentos, deliberados, cada uno colocado con tranquila certeza. Sus ojos nunca se apartaron de él. Ni por un segundo. Más allá de la barrera, el caos surgió de nuevo. Las voces gritaban unas sobre otras. Instrucciones. Pánico. Miedo.
«¡Despejen la zona!» «Obtener el equipo veterinario, ¡ahora!» Arjun apenas escuchó nada de eso. Su enfoque se redujo a un solo punto. Distancia. Tiempo. Opciones. Ninguna de ellas era buena. Dentro del recinto, el espacio entre ellos se redujo. Paso a paso. La leona bajó la cabeza ligeramente, los músculos se movían bajo su piel.
El aire cambió. Y todos lo sintieron; el momento previo a algo irreversible. El momento previo a la huelga.