Un policía sigue en secreto a un niño perdido y rompe a llorar cuando lo ve..

El agente Sean Smith se fijó por primera vez en el chico cerca de la entrada trasera de la estación de autobuses del centro, donde la ciudad se volvía más ruidosa y menos indulgente. Era justo después del horario escolar, y las aceras estaban abarrotadas de transeúntes, carritos de reparto y gente que nunca levantaba la vista. El chico era lo bastante pequeño como para desaparecer en aquel desorden, pero había algo en su forma de caminar que hizo que Sean se detuviera. No vagaba sin rumbo. Marchaba, con la mandíbula apretada y la mochila rebotando contra sus hombros, como si hubiera decidido algo enorme y temiera que detenerse siquiera un segundo pudiera arruinarlo.

Sean bajó la ventanilla y gritó lo más suavemente que pudo. El chico se volvió y Sean vio enseguida que no podía tener más de nueve años. «¿Estás bien, colega?», preguntó. El niño asintió muy rápido. Dijo que se llamaba Leo y que no estaba perdido. Sólo iba «a un sitio importante» Cuando Sean preguntó adónde, Leo apretó con fuerza un sobre doblado y dio dos pasos rápidos hacia atrás. Sean salió del coche patrulla, con la única intención de evitar que el niño se adentrara más en el tráfico y la multitud, pero el movimiento le asustó.

Antes de que Sean pudiera decir otra palabra, Leo se escabulló entre dos adultos que tiraban de maletas rodantes y se coló por las puertas del autobús justo antes de que se cerraran siseando. Sean captó el número de la ruta, maldijo en voz baja y regresó corriendo a su coche. Podría haber avisado para que otra unidad más adelante recogiera al niño, pero su instinto le decía que no debía perderlo de vista. Así que se incorporó al tráfico y siguió al autobús, sabiendo ya que no sería una parada rutinaria..