El huerto de la abuela Mary era su obra maestra. Durante siete años consecutivos, su fruta había ganado el codiciado premio «Best in Show» en la feria anual del condado. No se trataba de dinero o fama, sino de su profunda pasión. A sus setenta y tres años, cuidar de sus árboles, mimar la tierra y perfeccionar sus recetas era lo que le daba sentido y la hacía seguir adelante cada día.
Sólo quedaba una semana para la octava competición, que batiría un legendario récord de la ciudad. Su corazón se desplomó. No era una devastación masiva, pero faltaban algunas de sus mejores frutas de las ramas más bajas y pesadas. Estas frutas eran las joyas de la corona que había estado rastreando cuidadosamente durante meses, elegidas con precisión para hornear su obra maestra. Su repentina desaparición fue un golpe desgarrador para su apasionante proyecto, y la dejó mirando las ramas vacías con un frío nudo de terror.