Milo aterrizó con fuerza contra el hombro de un hombre. Durante una fracción de segundo, aguantó. El hombre no entendía lo que había pasado. Entonces lo hizo. «¡Quítalo!» Gritó, con la voz entrecortada por el pánico. Sus brazos se agitaron instintivamente, tratando de agarrar, empujar, quitar lo que acababa de caer sobre él.
«¡No te muevas!» Arjun gritó, empujando a través de la multitud. «¡Quédate quieto!» Pero el pánico no escucha. El hombre se retorció bruscamente. Milo resbaló. Su agarre se soltó. Se revolvió, tratando de subir de nuevo, los dedos en busca de cualquier cosa para sostener. No encontró nada. El hombre lo apartó de un empujón. No por crueldad. Por miedo.
Milo se golpeó contra la barandilla. Apenas. Durante una fracción de segundo, se mantuvo en equilibrio, pequeño, tembloroso, completamente expuesto. Arjun lo vio. El momento exacto. El tiempo se ralentizó. «Espera», comenzó. Demasiado tarde. Milo saltó. No hacia la seguridad. No hacia Arjun. Sólo lejos. Lejos del ruido. De las manos. Del miedo.
Su cuerpo despejó la barandilla. Y entonces no había nada debajo de él. Se perdió de vista.