La muchedumbre de la tarde llegaba en oleadas. Familias, grupos escolares, turistas… voces que se entrecruzaban, pasos constantes, cámaras siempre listas. Para entonces, Milo ya había cogido el ritmo. El ruido no le molestaba. Ya no le molestaba. En todo caso, lo acercaba más al borde. Más cerca de Arjun. Ese día no se sentía diferente.
Cielo despejado. Flujo constante de visitantes. Nada fuera de lugar. Milo ya estaba cerca de la barandilla cuando Arjun entró. Esperando. Observando. «Muy bien», dijo Arjun en voz baja, agachándose lo suficiente. «Tranquilo» Milo no dudó. Subió sin problemas: brazo, hombro, equilibrio. Acomodándose en su lugar como lo había hecho cientos de veces antes.
El público reaccionó al instante. Sonrisas. Risas suaves. Se levantan los teléfonos. Un niño se adelantó, con los ojos muy abiertos por la emoción. Milo se inclinó ligeramente, curioso, acercándose sólo un poco. Arjun ajustó su postura, estabilizándolo. «No demasiado cerca», dijo suavemente. Todo parecía controlado. Previsible. Seguro.
Entonces un agudo choque metálico atravesó el aire. Fuerte. Repentino. Violento. El cuerpo de Milo se puso rígido al instante. Su agarre se tensó. Y en el espacio de un latido… todo cambió.