—¡Sí, es ella! —murmuró el chico que había entrado corriendo en el pabellón, con la voz entrecortada mientras jadeaba en busca de aire. A Clara se le hizo un nudo en la garganta. El cerco resultaba totalmente inquietante, proyectando una sombra asfixiante sobre la tarde. Sus ojos se movían rápidamente de un rostro a otro, buscando desesperadamente algún indicio de malicia. Pero sus expresiones no eran precisamente maliciosas: estaban frenéticas y empapadas de sudor.
El chico que iba al frente dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. El pulso de Clara latía con furia contra sus costillas. Sintió cómo una ola fría de pavor la invadía mientras el chico, lenta y deliberadamente, metía la mano derecha en el bolsillo de su pesada chaqueta.
Por su mente desfilaron toda una serie de pesadillas. Clara se preparó para lo peor, cerrando los ojos con fuerza, completamente aterrorizada por lo que estaba a punto de suceder cuando la mano del chico emergió de la tela.