Unos adolescentes se reúnen alrededor de una anciana. Ella rompe a llorar cuando le dicen esto. 

A Clara le ardían los pulmones. Se arriesgó a echar un rápido vistazo por encima del hombro y se le hizo un nudo en el estómago. Ahora estaban a apenas diez pies detrás de ella, con los rostros ocultos bajo la gruesa tela de sus capuchas y movimientos llenos de una aterradora sensación de urgencia. «¡Perdón! ¡Esperen!», gritó uno de ellos.


El pánico le provocó una descarga de adrenalina pura por todo el cuerpo. Clara intentó girar hacia un sendero lateral más estrecho, con la esperanza de despistarlos cerca de los densos setos, pero sus viejas botas resbalaron ligeramente sobre la grava suelta. Tropezó, su bastón se deslizó por la tierra mientras apenas lograba recuperar el equilibrio apoyándose en un banco de madera.


Antes de que pudiera recuperarse, los chicos acortaron distancias. Con una velocidad coordinada que les dejaba sin aliento, se desplegaron con fluidez a su alrededor. En cuestión de segundos, habían formado un perímetro cerrado, bloqueando por completo todas las salidas. Clara se quedó paralizada contra el banco, atrapada, con el pecho agitado mientras cinco figuras imponentes le tapaban el sol de la tarde, con una expresión de absoluta desesperación.