Un adolescente se ofrece a llevar la compra a cambio de comida, pero una vez dentro su mundo empieza a derrumbarse

En el momento en que Chauncy entró, lo sintió. Ese cambio. Como si hubiera entrado en un espacio al que no pertenecía. El aire parecía más frío. Las luces más duras. Todos los sonidos -carros rodando, escáneres pitando, conversaciones en voz baja- parecían más fuertes de lo que deberían. Se quedó cerca de la entrada. Siempre era el lugar más seguro. Lo suficientemente cerca como para salir si era necesario. Lo bastante lejos para no llamar la atención.


Chauncy mantenía los ojos en movimiento, escudriñando los carros, atento a alguien que pudiera necesitar ayuda. Alguien que pudiera decir que sí. Pero se sentía diferente aquí. Más expuesto. Más… perceptible. Ajustó ligeramente la postura, tratando de parecer que pertenecía al lugar. Como si no estuviera haciendo nada malo. Porque no lo estaba haciendo. Sólo estaba preguntando. Sólo lo intentaba. Aún así… Su mano rozó su bolsillo de nuevo. Y fue entonces cuando sucedió.

Una de las chocolatinas se le escapó. Cayó al suelo con un suave crujido. Demasiado fuerte. Demasiado repentino. El corazón de Chauncy dio un vuelco mientras se agachaba rápidamente, la cogía y se la volvía a meter en el bolsillo casi al instante. Demasiado rápido. Como si no quisiera que nadie lo viera. Se enderezó


Y entonces lo oyó. «Hey.»