Un adolescente se ofrece a llevar la compra a cambio de comida, pero una vez dentro su mundo empieza a derrumbarse

En casa no quedaba mucho. Chauncy lo había comprobado aquella mañana antes de irse al colegio, abriendo los armarios despacio, como si de algún modo eso fuera a cambiar lo que había dentro. Un tarro medio vacío. Algunas sobras. Nada que pudiera considerarse comida. Su madre se había dado cuenta. Siempre lo hacía. Pero no dijo nada.


Sólo le dedicó la misma sonrisa cansada y le dijo que, de todos modos, no tenía hambre. Chauncy sabía que no era así. Por eso estaba aquí. Cambió de peso cuando una pareja salió de la tienda riéndose de algo que no pudo oír. Llevaban el carro lleno de bolsas apiladas, más de las que probablemente podrían cargar en un solo viaje. Perfecto. Chauncy dio un paso adelante, forzando la firmeza de su voz.

«Disculpe, señor… señora… ¿puedo ayudarle a llevar la compra? ¿Sólo para comer algo pequeño?» La pareja hizo una pausa. Por un segundo -sólo un segundo- la esperanza parpadeó. Luego el hombre negó con la cabeza. «No hay problema» Pasaron a su lado sin decir nada más. Chauncy asintió cortésmente, volviendo a su sitio como si nada hubiera pasado.


¿Pero la pequeña chispa de esperanza que había sentido? Se desvaneció tan rápido como llegó.