Un adolescente se ofrece a llevar la compra a cambio de comida, pero una vez dentro su mundo empieza a derrumbarse

Todas las tardes, Chauncy Jones seguía la misma rutina. Sonaba el último timbre de la escuela y, mientras otros estudiantes se dirigían a casa sin pensárselo dos veces, Chauncy tomaba un camino diferente. Un camino que le llevaba por calles llenas de cosas que no podía permitirse… directamente a la tienda de comestibles a las afueras de la ciudad.


Nunca se apresuraba. No porque tuviera tiempo, sino porque necesitaba prepararse. Cuando llegó a las puertas correderas de cristal, ya lo había repasado mentalmente una docena de veces. Qué decir. Cómo decirlo. Cómo hacer que sonara como si estuviera ofreciendo ayuda… no pidiéndola.

Porque pedir se sentía diferente. Pedir incomodaba a la gente. Y la gente incómoda decía que no. Chauncy se ajustó la correa de su gastada mochila y ocupó su lugar habitual cerca de la entrada, lo suficientemente lejos como para no estorbar, pero lo suficientemente cerca como para pillar a alguien antes de que pasara.


Por un momento, se quedó allí de pie. Observando. Esperando. Porque hoy no era como los demás. Hoy no podía permitirse volver a casa con las manos vacías.