Katie se quedó paralizada en el umbral, con la mente inundada por un enorme dilema. Si salía al bosque oscuro con un animal salvaje de varias toneladas, cualquier cosa podía salir mal. Si el elefante entraba en pánico o cambiaba de opinión en plena naturaleza, eso significaría fácilmente el fin de su vida. Al fin y al cabo, se trataba de una fuerza de la naturaleza aterradora e impredecible. Pero al volver a mirar sus expresivos ojos ámbar, vio una innegable súplica de ayuda.
Este animal no actuaba por malicia o locura; lo impulsaban la inteligencia y un instinto protector desesperado. Claramente tenía mucho más que mostrarle, y no podía hacerlo dentro de las estériles paredes de un hospital humano. Confiando en su intuición más que en su miedo, Katie respiró hondo y salió por las puertas de cristal destrozadas. El enorme elefante la seguía de cerca, con sus pesados pasos resonando en la tranquila noche iluminada por la luna.