El agua se agitó de una forma en la que el agua no debería hacerlo.
Nadia Voss llevaba seis horas en el lago, absorta en las lecturas del sonar y en un café helado de termo, cuando aquello emergió. No de forma gradual, como el lento afloramiento de un tronco o un juego de niebla, sino deliberadamente, como algo que había decidido dejarse ver. Asomó a la superficie a cuarenta metros de la proa de babor: una silueta larga y arqueada, oscura contra el plateado amanecer del Loch Sìtheil. Permaneció allí durante tres segundos completos. Luego se deslizó bajo el agua sin una sola ondulación, sin un solo sonido, como si el agua simplemente se la hubiera tragado entera.
Nadia no gritó, ni buscó su cámara de inmediato. Se quedó perfectamente inmóvil, con la mano congelada sobre la tableta del sonar, y observó el agua vacía durante un largo minuto en el que se le cortó la respiración. Entonces dijo, muy en voz baja: «¡Ahí estás!».