Una conductora prepotente le dijo a un equipo de obras que «trabajaran sin molestarla»; su venganza no tuvo precio 

Imagina que te encuentras al pie de un camino empinado y cubierto de grava suelta que serpentea por una pronunciada pendiente. ¿Tu misión? Construir una vivienda a medida en lo más alto de esta colina. Normalmente, un equipo de construcción moderno traería una carretilla elevadora todoterreno de gran tonelaje o una cargadora compacta sobre orugas para transportar cargas pesadas cuesta arriba. Pero este proyecto estuvo plagado de mala suerte desde el primer día. El terreno era demasiado estrecho, inestable y estaba flanqueado por árboles maduros como para que la maquinaria pesada pudiera circular con seguridad sin correr el riesgo de volcar de forma catastrófica. Para empeorar las cosas, el ajustado presupuesto del proyecto descartaba el alquiler de una costosa grúa para izar los materiales desde la calle.


La realidad era brutal: cada saco de hormigón, cada placa de yeso y cada pieza de madera para la estructura tenían que subirse a mano por una agotadora pendiente sin asfaltar de 45 metros. Era un trabajo agotador. Lo único que salvaba a los trabajadores eran dos plazas de aparcamiento designadas al pie de la colina, claramente señalizadas con carteles de «Prohibido aparcar». Estas plazas permitían a los camiones de suministros detenerse justo al pie del camino, de modo que los hombres no tuvieran que acarrear los materiales una manzana más.