Cuando Jude compró su primera caravana, pensó que había encontrado la forma perfecta de viajar. La idea era sencilla: hacer las maletas, salir a la carretera cuando le apeteciera y despertarse cada mañana con unas vistas diferentes. Y durante un tiempo, fue exactamente como ella esperaba. Pasaba los días explorando nuevos lugares, aparcando junto a lagos, playas y miradores de montaña que la mayoría de la gente solo ve en las postales. Pero cuanto más tiempo vivía así, más empezaba a notar las mismas frustraciones.
Nunca parecía haber suficiente espacio de almacenamiento. El espacio habitable siempre se sentía un poco estrecho. Y cada vez que veía una de esas preciosas casitas que aparecían en Internet, no podía evitar compararlas con su caravana. Las casitas eran diferentes. Parecían hogares de verdad. Tenían cocinas de verdad. Mejor aislamiento. Más espacio de almacenamiento. Más comodidad. El problema era que la mayoría de las casas diminutas se quedan en un solo lugar. Y Jude no estaba dispuesta a renunciar a la libertad de la que se había enamorado.
Así que empezó a preguntarse: ¿y si pudiera tener ambas cosas? ¿Y si pudiera tomar todo lo que le encantaba de la vida en una casa diminuta y combinarlo con la libertad de una caravana? La respuesta acabaría dando lugar a una de las viviendas más insólitas que la mayoría de la gente haya visto jamás.