Una vez retirada por fin la pesada rejilla de hierro, la cámara inundada que había debajo quedó completamente al descubierto. Peter se desabrochó rápidamente su pesada linterna industrial y la encendió, dirigiendo el potente haz de luz hacia la oscura cuenca de hormigón. La luz brillante atravesó el agua que corría a raudales, y tanto Peter como Katie se quedaron sin aliento ante lo que vieron.
La linterna iluminó unos pequeños ojos brillantes que los miraban con absoluto terror. Allí abajo había atrapadas otras tres criaturas exactamente iguales, temblorosas y peludas, acurrucadas desesperadamente mientras el agua fría de lluvia comenzaba a sumergir rápidamente el suelo poco profundo. La cámara se estaba llenando como un cubo, y la cascada en miniatura que caía desde el bordillo amenazaba con arrastrarlas a las profundidades del sistema de alcantarillado de la ciudad. «El elefante nos ha traído aquí a propósito», gritó Peter por encima del rugido de los truenos, con la voz teñida de asombro. «¡Tenemos que sacarlos ahora mismo antes de que se ahoguen!».