El grito repentino sobresaltó tanto a James que se le resbaló la mano de los barrotes de hierro. La rama de madera que tenía bajo los pies se movió en el barro, lo que le hizo perder por completo el equilibrio. Cayó hacia atrás, estrellándose con fuerza contra el suelo húmedo del bosque. Un dolor agudo le atravesó el hombro al caer, pero la adrenalina se apoderó de él de inmediato.
Dentro del edificio, el silencioso zumbido fue sustituido por unos golpes fuertes y frenéticos. James podía oír el pesado golpeteo de pasos que iban y venían, seguido del estruendo metálico del equipo que se movía a toda prisa. Quienquiera que estuviera dentro estaba frenético y James sabía que estaba en peligro.
Cojeando ligeramente, James se puso en pie a toda prisa y echó a correr hacia la seguridad de los frondosos árboles. No dejó de correr hasta que se encontró a una distancia equivalente a un campo de fútbol, escondido detrás de un enorme roble, desde donde aún podía ver el bloque de piedra. Temblando, sacó su móvil y llamó a los servicios de emergencia. Esperaba que el operador descartara su historia como una broma, pero algo en su voz debió de transmitirle la urgencia de la situación.