La tormenta azotó con brutal violencia aquella noche; la lluvia torrencial golpeaba con fuerza contra el cristal mientras los truenos sacudían los cimientos de la casa. La ansiedad de Max alcanzó un punto álgido aterrador. Lanzó su inmenso peso contra la puerta principal, arañando frenéticamente la madera con sus garras. Chloe se abalanzó hacia él, rodeándole con los brazos su enorme pecho para apartarlo, pero el gigante frenético se negaba a detenerse.
Desesperada por calmarlo, Chloe se preguntó si su peluche favorito de cachorro se habría quedado accidentalmente fuera, en el porche, provocando su repentina angustia. Sujetándole con fuerza por el collar, entreabrió con cuidado la pesada puerta principal para asomarse al porche a oscuras. Fue un error.
Con una fuerza explosiva y descomunal, Max se zafó violentamente de su agarre, se coló por la estrecha abertura y salió disparado directamente hacia el aguacero cegador. Chloe gritó su nombre, corriendo a toda velocidad hacia el camino de entrada inundado, pero él ya se había ido. Era una silueta imponente que se desvanecía por la calle oscura. Un ser humano no tenía la más mínima posibilidad de alcanzarlo.