Hace unos años, una pareja de ancianos daba su paseo habitual por la orilla cuando algo inusual les llamó la atención. Días antes, una fuerte tormenta había azotado la zona, dejando escombros esparcidos por toda la playa. La mayoría de la gente se centraba en los daños que había causado el mal tiempo, pero la pareja no podía dejar de fijarse en algo completamente distinto. Varios contenedores de transporte de gran tamaño habían sido arrastrados hasta la orilla. Los contenedores estaban rayados, desgastados por la intemperie y, evidentemente, ya no servían para transportar mercancías. Para la mayoría de la gente, parecían simples trastos de gran tamaño que, con el tiempo, acabarían siendo retirados y caídos en el olvido.
La pareja veía las cosas de otra manera. Mientras permanecían allí de pie, contemplando los contenedores, empezaron a hablar de las posibilidades. Ninguno de los dos tenía un plan detallado. No sabían exactamente qué harían con ellos. Pero no podían quitarse de la cabeza la sensación de que esos contenedores aún tenían valor. Lo que comenzó como una conversación informal durante un paseo se convirtió rápidamente en algo mucho más grande.
Y cuando por fin compartieron su idea con sus amigos, la reacción no fue la que esperaban.