La Sra. Priya Nair se sentó en el banco de madera que había frente al despacho de la directora Harmon y miró su reloj: eran las 9:04 de la mañana. Tenía clase a las 9:30, así que disponía de tiempo de sobra. No estaba nerviosa.
Sabía que esta reunión se avecinaba desde hacía tres semanas, desde que entregó las notas de la defensa oral, y había dedicado ese tiempo a asegurarse de estar preparada para ella. La carpeta que tenía en el regazo contenía diecinueve páginas de documentación: rúbricas, correos electrónicos, marcas de tiempo y un archivo de audio que había copiado a una memoria USB y etiquetado con rotulador negro.
A través del cristal esmerilado de la puerta del director, podía ver dos siluetas —los Holloway, supuso—, sentados muy erguidos. Reconoció esa postura. Era la postura de quienes esperaban conseguir lo que habían venido a buscar. La señora Nair dejó la carpeta sobre sus rodillas y esperó. Había aprendido, a lo largo de catorce años en el aula 9B, que la paciencia no era algo pasivo. Era una estrategia.