Una yegua da a luz, pero el veterinario se da cuenta enseguida de que algo va mal

El primer llanto se oyó justo después de medianoche, débil y agudo bajo la lluvia que caía sobre el tejado del establo. Daphne Merritt estaba de pie sobre la paja, con ambas manos sobre la boca, observando cómo el potro mojado parpadeaba junto a Willow, la yegua rescatada a la que había cuidado durante meses.

El doctor Ethan Okafor se había mantenido tranquilo durante el parto, comprobando el pulso de Willow, limpiándole la nariz al potro y dando instrucciones breves y precisas. Entonces, el potro dio una patada débil y Daphne vio lo suficiente para saber que era un potro. Un sentimiento de alivio le invadió el pecho. Willow lo había conseguido. El potro lo había conseguido.

Entonces, el doctor Okafor dejó de sonreír. Fijó la mirada en el vientre de Willow mientras otra fuerte contracción le recorría el costado. La yegua volvió a hacer fuerza, aunque el potro ya yacía sobre la paja. Daphne se secó las mejillas. «¿Es eso normal?». Le tocó el cuello a Willow y luego le revisó las encías. Su expresión apenas cambió, pero Daphne lo notó. El peón cogió una toalla para envolver al potro. —Déjalo donde está —dijo el doctor Okafor. Willow empujó de nuevo, esta vez con más fuerza. Daphne sintió cómo el alivio abandonaba su cuerpo por completo. El establo quedó en silencio. Entonces, el veterinario se puso de pie y dijo: «¡Dios mío! Eso no pinta bien…»