Presa del pánico, Chloe cogió las llaves y se metió a toda prisa en el coche, cerrando de un portazo la puerta contra la lluvia torrencial. Puso el coche en marcha y aceleró por la calle, en dirección a donde había huido Max. Las condiciones eran traicioneras. El intenso aguacero golpeaba con fuerza el techo y, aunque los limpiaparabrisas funcionaban a toda velocidad, apenas podía ver dos pies por delante del capó.
Condujo varias manzanas, con la mirada escudriñando las aceras oscuras e inundadas, pero las calles estaban completamente desiertas. Una fuerte oleada de desesperación se abatió sobre ella. Lo había perdido de nuevo. Sentada en un cruce a oscuras, secándose una lágrima de la mejilla, se le ocurrió de repente una idea.
Max no estaba huyendo al azar. Si intentaba volver a su antigua vida, se dirigiría directamente al sórdido barrio industrial donde ella lo había encontrado hacía dos semanas. Agarrándose con fuerza al volante, pisó el acelerador y se dirigió directamente hacia el centro de la ciudad, rezando para que no fuera demasiado tarde.