Durante años, la vida de Sarah fue un torbellino de horarios de vuelos corporativos y reuniones consecutivas. Su carrera iba viento en popa, pero los constantes viajes la hacían sentirse cada vez más aislada. Su único verdadero consuelo era una casa de playa apartada, un santuario privado al que acudía cada seis meses solo para desconectar del mundo y respirar.
Esa profunda sensación de soledad es la razón por la que se sintió tan increíblemente agradecida cuando se topó con su hermano, Julian, en el funeral de su tío. No se habían hablado en cinco años tras una insignificante discusión familiar. Sarah se había preparado para que la recibiera con frialdad, pero Julian la envolvió de inmediato en un abrazo entusiasta y lleno de lágrimas. Parecía genuinamente encantado de verla.
Mientras tomaban un café, su calidez resultó abrumadora. No dejaba de insistir en lo mucho que echaba de menos tener a la familia cerca, y pasaron horas poniéndose al día. Profundamente reconfortada por el reencuentro, Sarah se marchó del funeral con una profunda sensación de alivio al sentir que su aislamiento había llegado por fin a su fin.