Aquella primera tarde en casa, Chloe colmó a Max de cariño y le preparó su enorme cama ortopédica. Pero al caer la noche, el comportamiento del gigante bondadoso cambió por completo. En lugar de dormir, se paseaba rígidamente junto a la puerta trasera, llevando consigo el peluche de cachorro en miniatura allá donde iba. No tocaba su costosa cena, limitándose a olfatear el cuenco antes de fijar la mirada intensamente en el jardín, sumido en la más absoluta oscuridad, con los ojos llenos de una extraña y silenciosa ansiedad.
En menos de una semana, un inquietante rumor comenzó a circular por el barrio. En el foro de la comunidad, los vecinos publicaban frenéticamente mensajes sobre una gran sombra silenciosa que merodeaba por los patios traseros entre la medianoche y el amanecer. Algunos afirmaban que se trataba de un peligroso depredador callejero —un puma o un lobo solitario— que se movía a una velocidad aterradora entre la maleza.
El pánico se intensificó tan rápidamente que la comunidad de propietarios pegó avisos de advertencia en neón en todos los buzones, aconsejando a los vecinos que mantuvieran a sus mascotas estrictamente en el interior una vez que oscureciera. Chloe leyó las advertencias con un escalofrío, apretando con más fuerza a Max mientras él estaba sentado junto a la ventana, lamiendo obsesivamente su pequeño peluche. Por suerte, Max estaba a salvo en casa.