El patio de reparaciones del puerto deportivo era ruidoso incluso bajo la lluvia. El metal sonaba contra el metal. Los generadores zumbaban. Las chispas de soldadura brillaban con un blanco azulado cerca del agua. Los barcos estaban apoyados en bloques, con los cascos raspados y a medio pintar, y las cuerdas enrolladas en montones oscuros entre ellos. Leo avanzaba ahora más despacio por el laberinto de palés y equipos. Sean le seguía unos pasos por detrás, con el pulso aún acelerado por el camión, y ya no pensaba en escribir un informe ni en llamar al frente. Sólo pensaba en mantener a salvo a la niña hasta que esto terminara, fuera lo que fuera.
Leo se detuvo junto a un viejo bote de fibra de vidrio y se quedó mirando el patio. Sean siguió su mirada y vio a un hombre con una chaqueta de trabajo oscura como la lluvia, inclinado sobre el remolque de un barco y con la máscara de soldador puesta. En un banco de trabajo cercano había un termo, una fiambrera y un par de guantes. Nada fuera de lo común. Sólo un obrero terminando su turno. Pero cuando el hombre se enderezó y se levantó la máscara para limpiarse la lluvia de la cara, Sean lo vio: una pequeña cicatriz pálida cerca de la ceja. Leo se quedó helado. Incluso desde atrás, Sean pudo sentir el cambio en él: esa repentina y frágil quietud de alguien que se había pasado todo el día persiguiendo una esperanza y por fin la había alcanzado.