La cueva quedó inmediatamente acordonada y se documentaron los artefactos. Bajo la supervisión de Lenora, el fardo sagrado y las ofrendas permanecieron intactos y bajo vigilancia. Los artefactos históricos —el cuaderno, el anillo y la cámara agrietada— fueron trasladados urgentemente al laboratorio forense. Mara tenía pocas esperanzas respecto a la película. Sesenta años de calor y humedad del desierto deberían haber convertido la emulsión en polvo. Dos noches más tarde, sonó su teléfono. Era el técnico fotográfico. «¿Mara? Tienes que venir aquí ahora mismo».
El técnico mostró las digitalizaciones en un monitor de alta resolución. Los primeros fotogramas eran nítidos: la cinta métrica de Elías extendida contra la losa sellada, imágenes documentales de la cámara exterior. Luego vinieron las fotos de la sala interior.
«Mira este fotograma», dijo el técnico, ampliando el borde de la imagen. Justo en la periferia del fotograma se veía una bota de trabajo pesada y sin marca. Junto a ella había una pesada bolsa de lona repleta de herramientas de hierro, palancas y gruesas telas de envoltorio. «Debe de haber sido el equipo de Harlan», se dio cuenta Mara. «No estaba allí para ayudar. Estaba saqueando».