Por la tarde, el acantilado había dejado de desprenderse. Mara se colocó el arnés, acompañada por el guardabosques Cole, un imponente especialista en acceso con cuerdas, y Lenora Yazzie, la enlace cultural tribal del parque. Descendieron en rapel por la pared escarpada, balanceándose hasta la entrada de la cueva. Cada paso que daban dejaba una huella nítida y marcada en el espeso polvo.
«Esperad», dijo Lenora en voz baja, levantando una mano antes de que llegaran a la pared del fondo. «Fijaos en la mampostería. La arcilla y las piedras pequeñas apiladas en las juntas… es un trabajo antiguo. Un trabajo respetuoso. Se hizo para que pasara desapercibida en el cañón». Mientras tanto, Cole se arrodilló junto a la caja verde oxidada, quitándole décadas de sedimentos. «Oye, Mara, hay un número de serie grabado cerca del asa. Es un viejo kit de campo». «¿Podemos abrirla?», preguntó Cole. «Aquí no», respondió Mara. «Llevémosla a la superficie antes de alterar el contenido».
Cuando más tarde abrieron la caja bajo una iluminación controlada, el pasado se derramó: una brújula agrietada, un mapa topográfico doblado, un bote de película de aluminio sellado y un cuaderno de campo envuelto con cuidado en un hule desgastado. Mara retiró con cuidado la cubierta. En la primera página, escrito en negrita con tinta descolorida, figuraba un nombre: Elias Grant.