Un acantilado se derrumbó en el Gran Cañón y sacó a la luz esta horrible historia…

La abertura no aparecía en ningún mapa topográfico. Mara se pasó la mañana revisando expedientes de riesgos, registros de cuevas e incluso un mapa de rutas descolorido y dibujado a mano de la década de 1960. Sobre el papel, esa sección de la pared del cañón siempre había estado marcada como roca caliza sólida y sin particularidades.

Al mediodía, un dron sobrevolaba el desfiladero desierto en dirección al agujero. Mara entrecerró los ojos para ver la transmisión en directo en su tableta, protegiendo la pantalla del resplandor del desierto. La cámara luchó contra una repentina ráfaga de viento, se estremeció y luego se estabilizó al cruzar el umbral. «Fíjate en ese techo», murmuró Mara, inclinándose hacia delante. «Eso no es erosión por agua».

Las luces de alta intensidad del dron atravesaron la penumbra de una cámara estrecha y llena de polvo. La cámara recorrió el suelo rocoso y se detuvo en una caja oxidada de color verde oliva, medio enterrada cerca de la pared. Unas letras blancas descoloridas se asomaban entre la suciedad: «Servicio de Parques». Detrás de la caja había una enorme losa de piedra plana que bloqueaba un pasadizo más profundo. Sus bordes eran perfectamente cuadrados, encajados con precisión. «Es piedra labrada», dijo Mara, con el corazón acelerado. «Alguien se ha tomado muchas molestias para ocultar lo que haya detrás de esa pared».