No abrió la bolsa inmediatamente. Durante diez minutos más, permaneció en el asiento del copiloto mientras conducía, como si al ignorarla el día pudiera volver a la normalidad. Pero la curiosidad es testaruda cuando tiene peso real. En la siguiente parada, Daniel aparcó bajo una hilera de árboles desnudos, apagó el motor y finalmente abrió la cremallera. Dentro había un reloj de pulsera envuelto en un paño de microfibra descolorido. A primera vista parecía más viejo que impresionante. El cristal estaba rayado. La correa de cuero había sido sustituida en algún momento por una marrón genérica. No había brillo, ni destellos espectaculares, nada que gritara dinero.
Sin embargo, la esfera tenía una seriedad tranquila. Cara de color crema. Subesferas negras. Pulsadores metálicos desgastados por el tiempo. Daniel le dio la vuelta y vio que el fondo de la caja tenía pequeñas muescas en los bordes, como si alguien lo hubiera abierto antes. No era coleccionista, pero sabía lo suficiente para reconocer que no era una pieza de grandes almacenes. Lo sintió denso en la palma de la mano, preciso como nunca lo habían sido los relojes baratos. Volvió a mirar en la bolsa, esperando tal vez un recibo o una nota, pero sólo había un papelito doblado con medio nombre y parte de un número de teléfono tan borrosos que no se podían leer bien.
Por un momento, pensó en la opción más fácil: llevarlo al mostrador cuando devolviera el coche, dejar que otra persona se ocupara de ello y olvidarse de todo. Pero cuanto más miraba el reloj, más extraña le parecía la situación. ¿Por qué iba a haber algo así en un coche de alquiler? ¿Cuántos conductores habían utilizado este vehículo sin darse cuenta? ¿Y cuánto tiempo había estado esa bolsa atrapada detrás de la guantera, a escasos centímetros de desconocidos y esperando a que una persona metiera la mano lo suficiente?