Durante doce años, Clara y Tom compartieron el tipo de matrimonio que la gente envidiaba. Llevaban una vida tranquila y previsible en los suburbios, en la que el trabajo de Tom en la evaluación de riesgos empresariales ofrecía estabilidad y el trabajo de Clara como artista le dejaba espacio para crear. Tom siempre había sido su roca: sólido, paciente y totalmente transparente.
Cuando Clara perdió a su madre tras una larga y penosa enfermedad el invierno anterior, fue Tom quien la ayudó a superar el dolor paralizante. Era la única persona en la que podía apoyarse, ya que su familia siempre había estado distante y distanciada. Pero cuando llegó la primavera y la niebla emocional de Clara por fin empezó a disiparse, se produjo un sutil cambio en su hogar. Tom empezó a llegar tarde de la oficina, culpando a la pesada carga de trabajo y a los proyectos muy estresantes.
Estaba distante, con la mente claramente en otra parte, y se pasaba las tardes con la mirada perdida en las paredes o respondiendo a llamadas telefónicas en el garaje. Clara trató de convencerse de que sólo se trataba de estrés profesional temporal, pero un instinto frío le susurró lo contrario.
Entonces llegó el repentino anuncio de un viaje improvisado de fin de semana.