Impulsado por una curiosidad a la que no sabía poner nombre, José se pasó el sábado fuera de servicio conduciendo su camioneta personal hasta el barrio que rodeaba la parada. No tenía un plan, pero sentía que le debía al perro algo más que una mirada de pasada a través del parabrisas. Aparcó cerca de la parada y empezó a caminar por las calles residenciales, mostrando una foto que había hecho del perro durante su turno.
Llamó a algunas puertas y habló con la gente que cuidaba sus jardines, pero la mayoría se limitó a negar con la cabeza. Hasta que no llegó a una pequeña y desordenada tienda de música, tres manzanas más arriba, no encontró su primera pista real. El dependiente, un hombre mayor con los dedos manchados de grasa y un par de gafas sobre la nariz, entrecerró los ojos al ver la foto. Su expresión pasó instantáneamente de la curiosidad profesional a una profunda tristeza.