Encontró estas bolitas de pelo en su granero… y el veterinario le contó la verdad

En el cuarto de barro reinaba un silencio inquietante. El Dr. Aris, un hombre que llevaba treinta años tratando a todo tipo de animales, desde toros premiados hasta gatos salvajes, no se movía. Llevaba diez minutos arrodillado sobre el frío linóleo, con el estetoscopio apretado contra el grueso pelaje plateado del gatito más pequeño. John y Fiona se quedaron en la puerta, con las manos entrelazadas, observando el rostro del veterinario en busca de cualquier atisbo de esperanza. Pero cuando el Dr. Aris volvió a sentarse, no ofreció ninguna sonrisa tranquilizadora.


Su rostro era una máscara de pura y pálida incredulidad. No parecía un hombre que hubiera encontrado un virus común; parecía un hombre que acababa de ver un fantasma. Sus manos, normalmente firmes como la piedra, temblaban ligeramente mientras guardaba el estetoscopio. Miró a las tres criaturas -que le devolvían la mirada con aquellas inquietantes pupilas redondas- y luego a John.

«Nunca había visto una frecuencia cardíaca como ésta», susurró, con la voz entrecortada. Se levantó bruscamente y se dirigió hacia la puerta como si tuviera que escapar de la habitación. «No puedo tratar esto aquí, John. Tenemos que llevarlos a la clínica inmediatamente antes de que dejen de respirar por completo» John miró por la ventana hacia el abismo blanco de la tormenta, con la nieve amontonándose contra el cristal. Las carreteras habían desaparecido, enterradas bajo metros de nieve movediza.


Sintió un frío nudo de espanto en el pecho, preguntándose cómo iban a atravesar aquel páramo helado. Las cosas no sólo iban mal, sino que parecían mortalmente terribles.