La niebla matinal se pegaba al asfalto como un sudario húmedo, pero allí estaba otra vez. Por vigésimo día consecutivo, José tiró del pesado volante del autobús 402 hacia el bordillo de la acera entre Elm y la Quinta. Y por vigésimo día consecutivo, el mismo golden retriever permanecía inmóvil, con los ojos fijos en las puertas plegables. No ladró. No movía la cola. Se limitó a esperar con una intensidad digna y desgarradora que hizo que a José se le apretara el pecho.
José había visto muchos perros callejeros en sus veinte años de conductor, pero éste era diferente. Llevaba un collar de cuero desgastado y poseía los modales pulidos de una criatura que alguna vez había sido profundamente amada. Cuando el último pasajero se apeó, el perro miró hacia el pasillo vacío, moviendo la nariz. Cuando José suspiró y cerró las puertas, el perro no se movió. Se limitó a ver alejarse el autobús, una silueta solitaria que se desvanecía en el espejo retrovisor
La imagen del animal persiguió a José durante el resto de su turno, parpadeando en su mente entre cambios de marcha y validaciones de billetes. No era sólo la persistencia del perro lo que le desconcertaba; era la forma en que el animal parecía estar observando el autobús todos los días. ¿Qué hacía allí? ¿Y dónde estaba su dueño?