La cámara para interiores llegó dos días después, una unidad barata con sensor de movimiento que instaló sobre la puerta del armario que daba al salón. «Solo para estar tranquila», se dijo a sí misma mientras la sincronizaba con su teléfono. Esperaba que no captara absolutamente nada, igual que las cámaras exteriores del edificio.
A la 1:47 de la madrugada, su teléfono emitió un pitido de alerta. A la mañana siguiente, mientras tomaba un café, Yelena vio el vídeo grabado y su pulgar se quedó paralizado sobre la pantalla. «Dios mío», susurró. Se veía una sombra cerca del suelo, junto a la rejilla de ventilación del armario; apareció y desapareció en un instante, demasiado grande y con movimientos demasiado deliberados para ser un ratón, moviéndose con absoluta seguridad.
Lo vio cuatro veces, mientras su café se enfriaba. «No es una corriente de aire», susurró, con las manos temblorosas. Tampoco era un animal más grande, ni un efecto de la luz infrarroja. Se le heló la sangre cuando por fin se permitió completar aquel pensamiento aterrador: fuera lo que fuera aquello, no había entrado por la puerta ni por la ventana. Había venido desde abajo.