A medida que avanzaba el juicio, Adrian esperaba que asumir la responsabilidad se sintiera como un castigo. En lugar de eso, sintió que por fin abría una puerta que había estado evitando. La primera vez que dijo a una víctima: «Siento haberte metido en esto», sin poner excusas, el tono de la conversación cambió. No era el perdón, pero era un comienzo.
Escribió cartas de disculpa a todas las personas a las que había recomendado este plan, incluso a las que se negaron a responderle. Enumeró sus fallos exactos: no comprobar la licencia de Victor, no exigir auditorías independientes, ignorar devoluciones sospechosas, mezclar amistad con negocio y aceptar comisiones por recomendación. La lista era dolorosa de leer.
Sin embargo, escribirla despejó la niebla. Mei leyó una de las cartas. No lo elogió, pero lo dejó y dijo: «Esto parece honesto» Adrián empezó a estudiar finanzas personales con absoluta humildad. Leyó sobre estafas financieras, psicología y codicia. Las lecciones no eran complicadas, lo que las hacía más difíciles de tragar. No había caído en la trampa porque fuera estúpido; había caído porque era humano.