Las víctimas no tardaron en volverse unas contra otras. Al principio, todos querían respuestas, pero la realidad era confusa. Algunos pensaban que Víctor había ocultado fondos y querían presionarle para que les devolviera el dinero. Otros querían un castigo legal estricto. Unos pocos insistían en que se trataba sólo de un problema comercial temporal, porque admitir el fraude significaba aceptar que su dinero había desaparecido para siempre.
Adrian era el que más odiaba esta fase. Incluso después de la detención, la falsa esperanza seguía disfrazándose de lógica. Cuando los investigadores pidieron a Adrian una declaración completa, cooperó inmediatamente. Más tarde, cuando la fiscalía le llamó como testigo, se pasó la noche llorando en el suelo del baño para que Mei no le oyera.
Subir al estrado significaba admitir públicamente sus errores. Tuvo que declarar en voz alta que había confiado en Víctor sin verificar sus credenciales, que había aceptado primas de referencia y que había traído a gente inocente. Al otro lado de la sala, Víctor estaba sentado con una chaqueta oscura, más delgado. Por una fracción de segundo, volvió a parecerse al amigo del café. Adrian apartó la mirada.