Dos años después, Adrian seguía calculando las pérdidas en noches de insomnio. Se imaginaba lo que 500.000 dólares habrían podido comprar: una cómoda jubilación para sus suegros, una casa y una red de seguridad para su propio futuro. El dolor de la pérdida seguía golpeándole inesperadamente.
Pero la culpa ya no dirigía su vida. Mei y él reconstruyeron su relación poco a poco, con asesoramiento psicológico, presupuestos ajustados y conversaciones sinceras y difíciles. Finalmente, el Sr. Chua volvió a invitar a Adrian a tomar café, aunque Daniel tardó mucho más en perdonarle. Algunas amistades se perdieron para siempre.
Adrian empezó a trabajar como voluntario en centros comunitarios, dando charlas gratuitas sobre estafas de inversión. Nunca afirmó ser un experto financiero. Empezaba cada presentación con la misma frase: «Estoy aquí porque no hice las preguntas correctas.» La gente le escuchaba. En una sesión, una anciana esperó a que se fueran todos. Dijo que su sobrino la había introducido en una inversión garantizada y que le daba vergüenza pedir ayuda. Adrian se sentó con ella hasta que accedió a enseñarle los documentos a su hija. El dinero desapareció, pero la lección permaneció: la confianza descontrolada no es más que una trampa.