El claro quedó sumido en un silencio atónito y sepulcral. Nadie se movió. La paleontóloga jefe se frotó los ojos, completamente desconcertada ante la visión prehistórica que tenía ante sí. Toda la comunidad científica presente en el lugar quedó totalmente paralizada por la confusión.
Encontrar un enorme dinosaurio del Cretácico, de varias toneladas, completamente encerrado en resina de árbol era una imposibilidad biológica. Los árboles coníferos simplemente no producían suficiente savia como para atrapar a una bestia tan enorme; la resina normalmente solo atrapa pequeños insectos, plumas o lagartijas diminutas. Esto desafiaba todas las leyes establecidas de la paleontología. ¿Se trataba de una mutación anómala? ¿Una especie completamente desconocida? ¿O acaso habían interpretado erróneamente la geología por completo?
Sacando una lente de gran aumento, la paleontóloga, temblando, se inclinó hasta situarse a solo unas pulgadas del brillante bolsillo dorado. Su aliento empañó la antigua superficie mientras examinaba meticulosamente la textura escamosa del espécimen, buscando cualquier pista que explicara aquella imposibilidad física. Al ajustar el enfoque sobre el hocico acorazado, soltó un grito ahogado al darse cuenta. Por fin comprendió la ilusión.