Al chocar contra algo que había bajo tierra, su excavadora de 40 toneladas se movió; lo que había congelado en su interior dejó a todo el mundo sin palabras.

Intuyendo que el descubrimiento de su vida estaba a punto de quedar sepultado en una batalla legal, un equipo de respuesta rápida de paleontólogos del museo nacional se apresuró a acudir al kilómetro 14. Necesitaban examinar el espécimen físico en persona para determinar si esta estratificación imposible era un ingenioso montaje… o un milagro de la historia natural.


La paleontóloga jefe del museo pasó horas realizando pruebas de adhesión química en los límites donde se unían las capas. Cuando por fin se apartó de su equipo, parecía completamente asombrada. «Es real», anunció ante el grupo que se había congregado en el claro. «Cada una de las capas es auténtica». Una vez acallados los rumores de fraude, el equipo se hizo cargo de la extracción. En lugar de arriesgarse a utilizar una cuchilla cerca del frágil interior, emplearon un disolvente químico de precisión para eliminar poco a poco los bordes exteriores del quebradizo núcleo de ámbar, dejando al descubierto la cavidad central. 


El equipo encendió sus potentes focos en cuanto la resina dorada quedó al descubierto. Los trabajadores se quedaron sin aliento, paralizados en el acto. Mirándoles directamente desde el corazón de la piedra se encontraba el rostro escamoso y perfectamente conservado de un dragón dormido.