Al cabo de cinco semanas, Copper dejó de querer subir las escaleras. Se quedaba al pie de las mismas y la miraba con una expresión… que no era exactamente de dolor, ni tampoco de confusión. Ella empezó a bajarle el cuenco de agua a la planta baja para que no tuviera que subir. Se dijo a sí misma que la medicación solo necesitaba más tiempo.
Al final de la sexta semana, la cojera era peor de lo que había sido al principio. Los antiinflamatorios no habían surtido efecto. Llamó a la clínica y concertó una cita para el lunes siguiente. Cuando colgó, se sentó en el suelo junto a Copper y le acarició la pata con la mano. Él se dejó hacer sin apartarse, lo que ella interpretó como una buena señal. Al recordarlo más tarde, se dio cuenta de que no lo era.
Acudió a esa segunda cita confiando aún en el proceso. Habían pasado seis semanas, tal y como se había acordado. Había seguido las instrucciones. Lo estaba haciendo todo bien. Aún no sabía que aquellas seis semanas habían sido importantes de una forma de la que nadie le había advertido.