John se movió entre las sombras del sótano sin calefacción, con el haz de luz de su linterna atravesando el frío húmedo. Siguió los arañazos hacia un estrecho saliente de piedra cerca de las vigas, pero no encontró una mascota asustada y acurrucada. En su lugar, el haz de luz captó un par de ojos ámbar brillantes. El gatito estaba clavado contra la piedra y su cuerpo vibraba con una intensidad que parecía hambre pura y desesperada. A pocos metros, un gran estornino revoloteaba frenéticamente.
Con un estallido de energía explosiva, el gatito se lanzó. Se movía con una gracia depredadora sorprendente para su tamaño, impulsado por un fervor que sólo podía provenir de la inanición. Pero cuando el pájaro escapó hacia una grieta más alta, la fuerza del gatito se desvaneció. No lo persiguió, simplemente se desplomó y se volvió hacia John con una lentitud angustiosa. Se arrastró hacia él, con las patas temblorosas, hasta que casi se desplomó sobre sus botas, jadeando. John lo recogió, con el corazón encogido. Se preguntó si habían estado fallando a estas criaturas todo el tiempo, tal vez su rechazo a la leche no era terquedad, sino una necesidad biológica de algo más. «¡Fiona, trae carne!», gritó, corriendo escaleras arriba. «¡Quizás les estamos dando de comer las cosas equivocadas!»