Al día siguiente por la noche, la alegría inicial del rescate había sido sustituida por una angustiosa ansiedad. Fiona había probado todos los trucos posibles: calentar la fórmula, ofrecérsela en una esponja blanda e incluso probar una variedad de alimentos húmedos de gama alta, pero los tres gatitos seguían completamente desinteresados. No sólo se saltaban comidas, sino que estaban preocupantemente quietos. Su pelaje plateado, antes tan brillante y espeso, ahora parecía colgar de sus pequeños cuerpos. Pasaban la mayor parte del día tumbados sobre las frías baldosas del cuarto de barro, con la respiración entrecortada y rítmica.
«Están tan cansados, John», susurró Fiona, arrodillándose junto a ellos. Intentó acariciar al más pequeño, pero no se inclinó hacia su mano como el día anterior. Se limitó a observarla con sus grandes y redondas pupilas, su mirada parecía cansada y distante. John se paseaba por la cocina, comprobando el termostato. Había bajado la calefacción hasta que su propia respiración se agitó en el aire, pero los gatitos seguían pareciendo desvanecerse ante sus ojos. Parecían menos exploradores curiosos y más pequeños fantasmas grises que se evaporaban lentamente. El silencio en la casa, antes pacífico, ahora se sentía pesado por el temor de que estaban viendo tres vidas apagarse simplemente porque no sabían cómo salvarlas.